NacionalesGobiernoEconomiaSociedad26 jun 2026, 7:19 a. m.

El INTA estudia la pitahaya

El INTA Jujuy evalúa variedades y materiales genéticos de pitahaya para acompañar el desarrollo de este cultivo emergente en el norte argentino. Los estudios buscan identificar adaptaciones, mejorar el manejo y orientar a productores de regiones subtropicales donde ya existen experiencias de producción y comercializaci

El INTA estudia la pitahaya
Imagen: INTA.

El INTA Jujuy trabaja en la generación de información técnica y en la evaluación de nuevos materiales de pitahaya, también conocida como fruta del dragón, con el propósito de acompañar el desarrollo de un cultivo emergente. La iniciativa apunta a aportar conocimientos para su incorporación en distintas zonas productivas y a observar su comportamiento en las condiciones agroambientales del norte argentino, donde la especie despierta un interés creciente entre productores y especialistas.

El cultivo comenzó a ganar espacio en distintos sistemas productivos del país y, aunque su incorporación es relativamente reciente, ya existen experiencias en provincias como Formosa, Jujuy, Salta, Misiones, Corrientes y Entre Ríos. En esos territorios, productores exploran el potencial de este fruto tropical de alto valor comercial. El avance de estas experiencias explica la necesidad de contar con evaluaciones específicas sobre variedades, manejo y adaptación a cada ambiente.

En la región norte, especialistas del INTA siguen este proceso a través de investigaciones orientadas a mejorar la producción y a evaluar cómo responde el cultivo a las condiciones locales. La línea de trabajo busca identificar materiales que se adapten mejor al contexto regional y, al mismo tiempo, ofrecer información útil para quienes analizan sumar la especie a sus sistemas. La tarea incluye observar aspectos productivos, biológicos y de manejo, con especial atención en su comportamiento frente al ambiente.

Carina Armella, especialista del INTA Yuto, explicó que la planta pertenece al grupo de las cactáceas, es perenne y se destaca por su rusticidad y capacidad de adaptación a distintos ambientes. Sin embargo, aclaró que para alcanzar buenos rendimientos requiere determinadas condiciones de manejo. Su caracterización como una especie resistente no elimina la necesidad de contar con un esquema de producción adecuado, especialmente cuando se busca obtener fruta en cantidad y calidad comercial.

La investigadora señaló además que, aunque se trata de un cactus tolerante a la sequía, para producir necesita calor, humedad y alta luminosidad. Si no cuenta con esas condiciones, puede sobrevivir, pero no florece ni produce frutos. Esa definición resulta central para comprender por qué su expansión demanda evaluaciones previas y decisiones de manejo ajustadas. En el caso del norte argentino, la disponibilidad de luz y temperatura aparece como un factor decisivo para su desarrollo productivo. La fruta ya comenzó a comercializarse en distintos mercados del país.

En una primera etapa, la demanda se concentraba en Buenos Aires, donde las comunidades asiáticas ya conocían y consumían este fruto. Con el correr de los años, el interés se amplió y cada vez más productores comenzaron a explorar su cultivo. El crecimiento del consumo y la mayor difusión de la especie incidieron en ese proceso, que hoy también incluye experiencias de venta en origen. Armella indicó que hoy ya hay productores de Jujuy que comercializan pitahaya y que también aumenta el número de interesados en incorporar esta especie y sus diferentes variedades.

El objetivo es ampliar la diversidad y extender la época de cosecha. La posibilidad de disponer de materiales con distintas características de maduración y comportamiento productivo aparece como una de las variables que explican la atención puesta en el cultivo, tanto por parte de productores como de equipos técnicos. Desde el INTA se trabaja en la evaluación de diferentes materiales genéticos para identificar las variedades mejor adaptadas al norte argentino. Actualmente se analizan 12 variedades pertenecientes a cuatro especies del género Selenicereus: Selenicereus monocanthus, S. undathus, S. megalathus y S. purpusi.

El estudio abarca materiales con comportamientos diversos y busca aportar criterios para definir cuáles presentan mejores respuestas en términos de adaptación, floración, calidad de fruta y rendimiento. Entre las especies evaluadas se encuentran pitahayas de pulpa blanca, pulpa roja o fucsia y la variedad amarilla, tipo palora. Cada una presenta características particulares tanto en la planta como en la calidad y el rendimiento del fruto. Esa diversidad obliga a analizar con precisión los rasgos de cada material antes de definir su incorporación a un sistema productivo.

La diferenciación varietal resulta clave porque no todas responden del mismo modo a las mismas condiciones de manejo y ambiente. Algunos clones son totalmente autoincompatibles, es decir, no producen frutos si no hay polinización cruzada. Otros son parcialmente compatibles y generan frutos en un bajo porcentaje y de bajo peso. Estas diferencias tienen impacto directo sobre la planificación del cultivo, ya que influyen en la necesidad de polinización manual, en el cuajado y en la productividad final. Por eso, la evaluación previa de cada material se vuelve un paso importante antes de iniciar una plantación.

Armella detalló que las variedades completamente autofértiles presentan mayor porcentaje de cuajado de frutos y menor dependencia de polinización manual. También aclaró que la autofertilidad es heredable, pero compleja, y varía dentro de una misma especie, donde pueden coexistir variedades autofértiles e incompatibles. Esa característica no puede distinguirse observando solo la planta, por lo que adquiere relevancia la evaluación previa y la adquisición de plantas certificadas antes de comenzar un cultivo. El análisis técnico se vuelve indispensable para reducir riesgos productivos.

Según explicó la especialista, todas estas características se evalúan desde la biología floral, el comportamiento frente a los cruzamientos y la calidad de las frutas que producen. El enfoque integra distintos aspectos del desarrollo de la planta y permite observar cómo se relacionan entre sí la floración, la compatibilidad reproductiva y el resultado final del fruto. La información obtenida busca orientar decisiones de manejo y contribuir a una mejor selección de materiales para la región. Otro eje de estudio es la influencia de la luz en el desarrollo del cultivo.

La pitahaya, por su origen tropical, necesita alrededor de 12 horas de luz y temperaturas diurnas de 30 °C y nocturnas de 20 °C para inducir la floración. Cuando esas condiciones no se cumplen, el proceso reproductivo se ve afectado. Por eso, la disponibilidad de radiación y temperatura se analiza como un componente central del ciclo productivo y de la posibilidad de sostener la cosecha. Para extender el período productivo, algunos ensayos incorporan iluminación artificial con luces LED.

Esa estrategia permite prolongar la floración durante algunas semanas más en otoño, hasta que las temperaturas descienden por debajo de los 15 °C y la planta reduce su actividad fisiológica. Armella señaló que en Jujuy esas condiciones se dan principalmente durante la primavera y el verano. Cuando disminuyen las horas de luz, la planta no induce y deja de florecer, lo que confirma la importancia del ambiente en la producción de esta especie.

Fuente: INTA